DELATOR
Juro por Dios que en lo profundo de la oscuridad de mi cuarto, se escucha el abrir de la puerta, muy despacio, tenue, tan lento y apagado que el latir de mi corazón no me deja poner más atención.
Por el día todo transcurre con normalidad, me desplazo y atiendo con la soltura de siempre, recibo algunas visitas, platico con ellas sin la sombra maldita de mis recuerdos nocturnos, y si por alguna razón sale a tema el transcurso de mis noches, un escalofrío recorre mi espalda, un sudor denso y pegajoso se forma en mi nuca, tan pesado que las gotículas al rodar por mi piel, se sienten como las finas patas de arañas microscópicas deslizándose hacia mis adentros, es inevitable frotarme de inmediato para cambiar de tema; pero mientras la luz del sol se mantenga bien puesta en el cielo no tardo en recuperarme.
Por el contrario, cuando se acerca la noche, siento caer en la garganta de un demonio, escucho en mi caída los gritos amorfos de las almas que ya ha devorado, aprieto los ojos y en la oscuridad mentirosa de mis párpados invoco a Neptuno, que casi siempre me ignora, pero cuando tengo algo de suerte consigo que se acerque y con su ronroneo me calmo un poco, acaricio su ágil cuerpo, siento sus patitas y su lengua áspera en mis dedos, por un efímero instante sujeto mi existencia y la de todo mi universo al terso tacto de su pelo, hasta que de un brinco sale de mi regazo, cansado de cargar con todo mi peso.
Abro los ojos porque no hay más remedio. Me quedo fijo en la ventana, observando como se va lo último de la luz que queda, y los gritos en la garganta del demonio comienzan, mantengo todas las luces encendidas, corro todas las cortinas para que la oscuridad no tenga oportunidad de colarse al interior, pero es inevitable, es imposible mantener todas las luces encendidas, todas las noches, todo el tiempo. Instalé un apagador general en el pasillo que da a mi recámara para apagar toda la planta baja desde arriba.
Ya en mi recámara, me mantengo despierto todo lo que puedo, hasta que el cansancio vence a mi cuerpo, en mi cama mi respiración se hace cada vez más pesada, implacable mi cuerpo me encierra en mi mente, la agonía comienza, creo escuchar un rechinido y un paso muy suave, me quedo espectante sí algo más se escucha, pero nada, el viento golpea suave pero insistente, el vidrio suelto de mi ventana, se cuela por una rendija que no he podido ubicar y levanta un poco la cortina, el cuarto está fresco aunque no sé bien si justo en ese momento bajó aún más la temperatura; otro ruido, no distingo si fue la bisagra de la puerta o un paso sobre el piso de madera, mi calma se rompe desde el centro, la luna está justo sobre mi ventana, filtra su luz plateada sobre la mesita que está bajo mi ventana, algo me eriza los vellos de la nuca, una exhalación, estoy seguro que alguien me observa desde la rendija que se formó en la puerta entreabierta, se cansó de aguantar la respiración y dejo salir su aliento, lento, controlado, caliente, lo más silencioso que pudo, un miedo casi pánico me recorre el cuerpo. ¡Necesito ver! Pero la puerta me queda justo del lado del ojo que perdí de niño, me duele el pecho, siento como si el corazón se me hiciera un nudo enorme con cada latido, mi cuerpo pesa mucho, logro girarlo lentamente hasta ver la puerta. El contraste de la luz de la luna y la sombra de mi cuerpo en la cama solo hacen que el fondo de mi cuarto se vea aún más oscuro. Contengo la respiración. Trato de controlar mi corazón; pero en esta soledad, hundido en este fragmento de tiempo denso e irrespirable es inevitable quedar a merced del pánico y la voluntad malsana de lo que sea que cruce esa puerta, injustamente delatado por mi propio corazón.




