SACAPUNTAS
Te resbalabas de mis manos, buscabas algo en el piso. ¿Qué era? No alcanzaba a verlo. Trataba de tener una conversación con la mamá de tu compañerita, una niña muy bonita de unos seis años; yo no podía articular una oración completa sin sentir que te me escapabas. Era tu determinación contra mi paciencia.
Al final ganó nuestra curiosidad: me hinqué, tú llegaste al piso, los dos con la vista puesta en lo que señalaba tu dedito de cinco años.
¡Un sacapuntas!
Ja. Tú, volando desde mis brazos hacia el suelo.
Nos levantamos de una. Me diste el sacapuntas y te abrazaste a mí; estabas cansado de tanto caminar y, con justa razón, recorriste el mercadito casi al mismo paso que tu compañerita.
Era curioso ver cómo una melenita castaña clara antecedía a un monstruito por todos los pasillos. Su piel era blanca, no muy distinta de la tuya; sus ojos rasgados, color miel, muy similares a los tuyos; su carita redonda... La forma en la que se llevaban, de no ser porque al despedirnos nos fuimos por caminos diferentes, juraría que era tu hermana.
Ella tomó la mano de su mamá y se despidió de lejos. De la nada, el corazón se me hizo un nudo muy apretado en el pecho. No quería que se fueran.
Te quedaste abrazado a mí, dormido, con tus piernas frías —solo traías un pantaloncillo—, tu cuerpecito pegado al mío, todo húmedo de saliva y sudor. Lo lindo que olía tu cabello, tu respiración acompasada, me impedían ver una realidad que me devoraba.
Es tu hermana.
Y su mamá también es la tuya.
Te quedaste aquí, aferrado a mí, aunque estoy seguro de que era mi alma la que se sujetaba de tu existencia. No quería dejar de sentirte. No quería dejar de ver a tu hermana, aunque fuera de lejos.
Son míos.
Eran míos.
Y en la conciencia de mi pertenencia, una verdad aún más grande: se esfumaron en un suspiro. Se desvanecieron en el frío de la noche. Fueron absorbidos por el asqueroso hueco de esta realidad malsana.
Mis pequeños vinieron a visitarme.
Siento cómo regreso a mi cuerpo.
Solo atino a pensar:
“Puta madre... estaba soñando.”

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